Cuando era pequeña me encantaba quedarme a dormir en casa de
mis amigas. Ahora que ya no somos tan pequeñas lo único peor que despertarte
con resaca es hacerlo en casa ajena. Y así nos despertamos el sábado
post-tupper sex. Sin desmaquillar, con el cuello en una postura imposible y las
copas y el cenicero a un metro de mi nariz, Manolita a mis pies y una Blanca
desconsolada a cinco centímetros.
¿Por qué sufrimos por amor? ¿Por qué no podemos dibujarnos
una sonrisa y alegrarnos de lo bien que estamos? ¿Qué necesitamos? Unas
necesitan un sustituto inmediatamente. Otras chocolate. Otras se centran en el
trabajo. Otras prefieren en el alcohol y todas las estupideces que este pueda
ayudarles a hacer. Las más positivas aprovechan para querer más a lo amigos.
Luego están las que queremos venganza, las que hemos sufrido los daños colaterales;
las amigas de la damnificada. Nada podía
sentar mejor por la mañana a Vega que dibujar un plan que vagase en ese limbo
entre el bien y el mal. Geraldine tenía que coger el vuelo y no iba a poder
participar, pero las tres restantes nos pusimos manos a la obra.
Lo más inmediato en estos casos es la rabia, y la rabia de
dice; chívate. Podíamos cargarnos su boda. Dicen que la venganza es un plato
que se sirve frío. ¿Por qué no esperar? Vega proponía presentar un PowerPoint
en el banquete de la boda, “american style”.
Pero Blanca, Blanca sería incapaz de humillar así a una
chica que, al fin y al cabo, no solo era también una víctima del mismo cabrón,
sino que además lo tenía mucho peor. Si lo piensas, en realidad le haríamos un
favor abriéndole los ojos. Pero ese no era nuestro problema, ni siquiera la
conocíamos. A quien si conocíamos era a él, lo suficiente para que Vega tuviese
una gran idea. Pedro acababa de abrir un restaurante, y ya pensábamos hablar
todo lo mal que pudiese del local en yelp, eltenedor y todo lo twitteable, pero
esta ocasión era perfecta para hacer algo más. Siempre habíamos querido hacer
un simpa por todo lo alto. Y por primera vez ningún remordimiento prematuro iba
a evitarlo.
Nos tiramos toda la mañana diseñando el plan. Hicimos la
reserva a nombre de Mónica y desde una cabina, algo casi imposible de encontrar
hoy en día. Los sábados Pedro no trabajaba, así que no había riesgo de que nos
reconociese. Fuimos dando un paseo hasta la Castellana donde estaba Bocca, que
así se llamaba, era uno de esos sitios que no está mal pero que tiene unos
precios por encima de su calidad pero a la altura de su postureo. Queríamos
conocer bien el objetivo para preparar la fuga. Había aparcacoches y todo el
frontal era acristalado. Lo veía difícil.
Quedamos a las 21:30. Llovía. Nos pusimos de punta en
blanco, surtidas de marcas hasta las orejas. Nadie desconfía de una pija
malcriada. Subí al trastero y me hice con un móvil viejo y dos chaquetas que
tenía separadas para donar a la iglesia. Iban a sernos útiles.
Durante más de media hora nos quedamos en el medio del Paseo
de la Castellana. Mirándonos. Mirando al aparca. Ninguna de las tres se
atrevía. Pero yo entré porque me obligaron ellas, y ellas porque les obligué
yo.
Blanca y yo estábamos muertas de miedo. Yo lo disimulaba con
normalidad, Blanca con una sonrisa exagerada.
Ambas sabíamos que Vega iba a bordarlo. Vega es una abogada inteligente,
con confianza en sí misma, espabilada y muy atractiva. Además tiene un hobby
algo extravagante; le gusta hacer bromas, pero bromas duras. Bromas elaboradas
y en ocasiones con consecuencias judiciales. No importaba lo culpable que
fuese, el veredicto siempre acababa a su favor. Por su experiencia en todo tipo
de triquiñuelas y porque yo la había entrenado en el arte de llevarse
“souvenirs” de los restaurantes, todas sabíamos que ella bordaría la situación.
Por eso, la dejamos hablar.
-
Hola. Tenemos una reserva para tres a nombre de
Mónica.
-
Sí, por favor, acompáñenme. – contestó la
encargada sonriente.
-
Si, esto, ¿puede ser cerca de la puerta mejor?
Es que nos gusta salir a fumar.
-
No es necesario que salgan a la calle, tenemos
un jardín interior.
-
Si, pero es que fumamos mucho. Mejor cerca de la
puerta.- dijo Vega dándose cuenta de cómo había metido la pata.
-
Verás- interrumpí- es que acaba de ver a un
chico en el jardín interior con el que prefería no encontrarse…ya sabes…
La chica puso una sonrisa comprensiva y nos condujo a la
mesa mientras las tres nos preguntábamos si se nos habría visto el plumero. La
abogada estaba de enhorabuena.
Blanca estaba de los nervios, era lo más grave que había
hecho desde que se escapó de una visita cultural en el viaje de fin de curso
para tomar chupitos con Erasmus. Por otra parte, mientras Vega y yo discutíamos
la metedura de pata inicial, Blanca no decía ni pío. No podía dejar de pensar
en Pedro, el sitio entero le recordaba a él.
-¿No me estaré pasando?
- Aún no has hecho nada. Si no estás segura no tenemos que
irnos sin pagar- dije sin moderar el tono de mi voz.
-¿Puedo tomarles nota de la bebida?- dijo un chico joven con
un i-pad en la mano.
Vale. Ya era oficialmente imbécil ¿me habría oído el
camarero?
Pedimos un delicioso vino australiano y poco a poco a Blanca
le volvió el color a la cara y Vega y yo empezamos a dejar de meter la pata.
Blanca retomó.
-¿No me estaré pasando?
-Blanca, si no estás segura, pagamos- repetí.
Cuando llegaron los postres ya habíamos salido a fumar un
par de veces y Vega y yo estábamos entusiasmadas y pensando que era pan comido.
Blanca sin embargo solo hablaba de Pedro y del “y si”; “¿Y si la deja?” “¿Y si
por mí cambia?” “¿Y si nos pillan y se entera y me cargo cualquier oportunidad
de futuro con él?”.
-Esto es una locura. Yo paso. Vamos a pagar- nos dijo
seriamente.
-Está bien- dije yo mientras Vega me asesinaba con la
mirada.
Les ofrecí una sonrisa irónica a ambas que cada una
interpretó como quiso.
Se acercó de nuevo el camarero, le pedimos unas copas y una
foto de recuerdo. Decidí salir a fumar otra vez y me acompañaron ambas. Vega
abrió su pitillera y sacó un porro de marihuana muy bien disfrazado de pitillo
con un olor que le delataría a cien metros. Nos venía bien para afrontar la
cuenta que se nos venía encima. Vega le dio dos fuertes caladas y me lo pasó.
-
Vámonos-
dijo Vega muy seria- ¡ahora!
-
Ni de coña –dijo Blanca con la cara encendida- dame
eso.
Nunca había visto fumar a Blanca, ni siquiera un pitillo. Empezó
a toser pero eso no le frenó. Siguió fumando.
-
Vamos a pagar, que además Blanca tiene la
chaqueta dentro- les dije mientras esta echaba una cascada de humo entre una
tos ya más controlada.
-
¡Yo a ese hijo puta no le pago una peseta! ¡Qué
le den a la chaqueta!- Antes de acabar la frase Blanca corría como una loca
hacia el taxi.
Vega y yo miramos hacia dentro, nadie nos miraba, nos
echamos a correr y nos metimos en el taxi como si acabásemos de atracar un
banco. Y el coche parado. Y el semáforo que no se ponía ver. Y las tres
agachadas con el ataque de risa más largo que he presenciado en mi vida. El
taxista no daba crédito.
-
¿Qué ha pasado?
-
Perdone- dije después de unos segundos- es que
unos chicos estaban siendo muy pesados en el bar así que les dijimos que íbamos
al baño para escaparnos.
Vega se dedicó el resto del trayecto a vacilar al taxista. Él,
no solo no se ofendía, si no que le seguía el rollo, eso sí, puso el seguro en
las puertas, confianzas, las justas.
Fuimos a Nassau a abusar del Vodka Martini y a celebrar
nuestro inicio en la delincuencia (el de Blanca y mío, Vega ya estaba curtida
en mil batallas), pero sobre todo, fuimos a festejar la venganza de Blanca.
Había sido suficiente para recuperar un puntito de orgullo sin llegar a ser una
loca destrozavidas. Había sido suficiente para disfrutar de la adrenalina sin
llegar a la cárcel. Había sido suficiente para olvidar a Pedro por unas horas,
pero no lo suficiente para superarlo, ni quererle menos, ni dejar de desearle.
¿Por qué nos vengamos entonces? Si sabemos que la venganza
no trae la paz. Si sabemos que, al día siguiente le echarás de menos un día más.
En el caso de Blanca nadie se vengó de nadie, sencillamente fuimos a celebrar
que nuestra amiga decidió superar su adicción a un cabrón y nos pareció
apropiado que el cabrón invitase.
Al día siguiente Blanca se presentó en mi casa a las once,
con su llanto de resaca.
-
No ha valido para nada. El resultado es lo que
cuenta. Y yo sigo igual de mal- dijo mientras se sentaba en el sofá con medio
de litro de helado entre las manos. Cogí el Bailys del mueble bar y vacié un tercio de botella en la tarrina.
El caso es que a veces no es el resultado el que cuenta,
porque la vida es el camino y no el destino, y si esa noche no le olvidó, lo
hizo meses después. Lo que nunca olvidaría sería la noche que se fugó de un
restaurante con sus amigas y la adrenalina que corría por su cuerpo. Y así
empezó Blanca su desintoxicación, teniendo muy presente que una adicta a un
cabrón puede controlar su adicción pero nunca superarla, y que lo importante es
tener a alguien al lado que nunca recurrirá al “ya te lo dije”, sino que jugará
con su creatividad y responderá con un “¿y qué hacemos”?, de esta manera
sufrir, sufrirás, pero aburrirte, jamás, y como indemnización puedes concederte
una “licencia para delinquir.”


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